El Apocalipsis

¿No creéis que la Misericordia de Dios será sobre el mundo más bien que su ira?

No podemos responder que si estamos inspirados por el Espíritu Santo. Este Espíritu fue en su plenitud en el Mesías, quien dijo a sus Apóstoles:
“Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio” (Juan 15,26-27).

Este testimonio, con el Espíritu Santo, no sólo se refiere a los primeros apóstoles que estuvieron con Jesús desde el principio, pero también a los Apóstoles del Final de los Tiempos, los que tienen que anunciar Su Regreso, permaneciendo con él hasta el final por el poder del Espíritu Santo que es en ellos.

Jesús habla explícitamente de los Apóstoles de Su Regreso:
“Verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria. El enviará a sus Ángeles (Apóstoles del Final de los Tiempos) con sonora trompeta, y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos…” (Mateo 24,30-31).

Los primeros Apóstoles testificaron antes para Jesús. Los últimos Apóstoles deben hacer lo mismo “profetizando otra vez contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes” seducidos por la Bestia (Apocalipsis 10,11).

Al igual que sus predecesores, los Apóstoles apocalípticos no pueden llevar su testimonio que si están apoyados por el Espíritu Santo en ellos. Una de las disposiciones de este testimonio es el anuncio de la caída de la Ira divina sobre el mundo. No hay misericordia a un mundo que se ha vuelto impío. Será, dice Jesús, como en los días del diluvio con Noé y de Sodoma y Gomorra con Lot (Lucas 17,26-30).

Nuestro testimonio apocalíptico, inspirado por el Espíritu Santo nos lleva a decir que Dios escuchará las oraciones “de las almas de los degollados a causa de la Palabra de Dios y del Testimonio que mantuvieron” en contra de la Bestia (Apocalipsis 6,9).

Estas almas santas gritan a Dios “con fuerte voz: ¿Hasta cuándo, Señor santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza por nuestra sangre de los habitantes de la tierra?” (Apocalipsis 6,10). Los Apóstoles apocalípticos ofrecen estas oraciones al Padre por “con las oraciones de todos los santos, los ofrecerán sobre el altar de oro colocado delante del trono” (Apocalipsis 8,3-4).

Dios responde, revela el Apocalipsis, y se venga con resplandor:
“Las naciones se habían encolerizado; pero ha llegado tu cólera y el tiempo de que los muertos sean juzgados, el tiempo de dar la recompensa a tus siervos los profetas… y de destruir a los que destruyen la tierra.” (Apocalipsis 11,18)… “Porque sólo tú eres Santo, y todas las naciones vendrán y se postrarán ante Ti, porque han quedado de manifiesto tus justos designios” (Apocalipsis 15,4). Jesús había predicho que “porque éstos son días de venganza, y se cumplirá todo cuanto está escrito” (Lucas 21,22). Por tanto, no es más asunto de misericordia. Es el momento de escrutar lo que se ha escrito en el Apocalipsis.

Es sobre la Bestia y sus aliados que cae la Venganza del Padre Divino (Apocalipsis 17,12-14 / 18,1-24 / 19,20-21 / 20,7-10).

Los creyentes verdaderos, solo, escapan a esta Venganza Divina que “caerá como un lazo sobre todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra”, dijo Jesús que recomienda: “Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre” (Lucas 21,34-36).

Sin embargo, el Salvador no dejó de tranquilizar a los corazones puros que le permanecen fieles hasta el fin contra la Bestia, todos Sus Apóstoles y Testigos de los Últimos Tiempos: “Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación” (Lucas 21, 28).