A mis hermanos y hermanas, vosotros todos los que, como yo, creéis en el libro del Apocalipsis abierto por Jesús, yo dirijo estos pocos temas interesantes:

Mensaje del Señor a los que rechazan de creer en las profecías mesiánicas de Isaías que se aplican perfectamente a Jesús (12.01.2006): “Id a leer Isaías 7-8-9… ¡Y luego id a colgarse como Judas!”.

Leamos atentamente los capítulos 7, 8, 9 del profeta Isaías y 2 Reyes 16 para entender bien y poner en el contexto la intervención profética.

Isaías es un funcionario real de nivel alto. Él influyó mucho los acontecimientos de su tiempo. Nació alrededor de 765 A.C. En 740, a la edad de 25 años, tuvo una visión en la que Dios le confía la misión difícil y valiente de proclamar la destrucción de Israel, seguida más tarde por la de Judá, como castigo a las múltiples infidelidades de los Judíos.
Para entender esta profecía, debemos conocer el contexto histórico en el que fue proclamada. En el capítulo 16 de 2 Reyes, es cuestión del rey Ajaz a lo que habla Isaías. En este momento, Peqah (dicho “hijo de Remalías” en Isaías 7,9) era rey de Israel y Raçon estaba rey de Siria (Aram: Isaías 7,1). El rey de Asiria (Teglat, Phalassar, llamado “Pul”: 2 Reyes 15,19) amenazó a toda la región. Raçon y Peka querían traer Ajaz con ellos en contra de Asiria, pero él rechazó. Él ofreció a su único hijo, el heredero del trono en sacrificio a los ídolos (2 Reyes 16,3) para tentar a la suerte. Por lo tanto, no tenía ningún heredero y la sucesión dinástica fue amenazada.

Ajaz que se ha convertido en rey de Jerusalén a los 20 años, era un niño que tenía miedo de ser invadido por el Norte, Israel y Siria. Como su fe en Dios fue débil e ignorante, se apresuró a ofrecer a su hijo en sacrificio a los dioses paganos para obtener su ayuda. Es como si uno de nosotros ofreció a su hijo en holocausto.
Ajaz, acababa de salir de su adolescencia, está profundamente preocupado por la amenaza del Norte. Él espera un otro hijo para reemplazar al primero y así a sucederle en el trono. Dios da a Isaías la profecía de Immanuel (Isaías 7,14) seguida por Isaías 9,5 que da los nombres divinos de este niño: Dios Fuerte, Padre Eterno.

Ajaz y su pueblo entendían éstas profecías al nivel socio-político inmediato, pero Dios estaba hablando de un nivel espiritual y UNIVERSAL realizado más de siete siglos más tarde por Jesús, el verdadero Emmanuel (Mateo 1,28), el “Padre Eterno” entre nosotros (Juan 14,8-10 / 8,57).

Isaías es enviado por Dios para tranquilizar el rey Ajaz, diciendo que los dos reyes del norte, “Peqah” de Israel, y “Racon” Siria, estos “dos cabos de tizones humeantes”, no pueden hacer nada contra él, y que, por el contrario, es Efraím, el Reino del Norte que “dejara de ser pueblo” (Isaías 7,3-9).

Pero Ajaz duda de la profecía dada por Isaías y recurrió al rey asirio y se somete a él diciendo: “. Yo soy tu siervo…Sálvame… etc.” (2 Reyes 16,7-10 etc.). Ajaz pide a Isaías una señal divina, él quiere un otro hijo para instalarle en su trono después de él. Entonces es la profecía de Emmanuel (Cristo), el único Hijo digno de ser Rey, el Emmanuel (Isaías 7,10-15). Pero en primero tendremos la destrucción del Norte (Israel) por Asiria (Isaías 7,18-25), seguida un siglo y algo más tarde por la del sur (La Judá) debido al paganismo del rey y sus súbditos.

Isaías es perseguido debido a esta profecía pesimista; se retiró de la vida pública y pide a sus discípulos de no hablar de ella: “Envuelve el testimonio, sella la enseñanza entre mis discípulos….”, dijo (Isaías 8,16-23). Esto es lo que hago con vosotros todos, mis hermanos y hermanas amados. Pongo en vuestros corazones, bien cerrados para el momento en el “desierto” donde aparcamos, este testimonio del Apocalipsis de Juan, hasta la hora de Dios.

El reino del Norte, la Galilea, dado a las tribus de “Zabulón y Neftalí” (Josué 19,10-16 / 32-39), fue invadida por el rey de Asiria en 721 A.C. (2 Reyes 16,5-6 / 18,9-11). Fue el desaliento y la tristeza de los galileos de la época. En este sentido, Dios anuncia a Isaías que “Como el tiempo primero ultrajó a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí (por la invasión asiria), así el postrero honró el camino del mar, allende el Jordán, el distrito de los Gentiles (La Galilea).” (Isaías 8,23). Así, este mismo país, la Galilea, “humillado” por Dios durante la invasión asiria, será glorificado por él. Porque estos galileos del norte de Israel, “El pueblo que andaba a oscuras (de la ocupación y del exilio), vio una luz grande (la del Mesías que vivió y trabajó en Galilea siglos más tarde). Los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos (la del Mesías que vivió in Nazaret: Isaías 9, 1). Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado…. Le damos este nombre: Dios Fuerte-Siempre Padre… el celo de Yahveh Sebaot hará eso (Isaías 9,5-6)”.

El amor infinito de nuestro Padre tierno, el Dios- Fuerte, ha hecho esto no por las armas destructivas de los hombres, pero al precio de la arma salvadora de la Cruz. Que los que no entienden este lenguaje se cuelgan como Judas. Amén.

En el tiempo de Jesús, los fariseos y los sacerdotes grandes recogieron Nicodemo que defendía a Jesús:

“¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta.” (Juan 7,50-52)

Si estos mismos fanáticos ignorantes habían “estudiado” las profecías, habrían encontrado en Isaías que el profeta de los profetas, el Mesías divino, de hecho surge de la Galilea, este país de Zabulón y Neftalí, una vez humillado por Asiria pero de que surgió el Mesías, la Luz del mundo (Isaías 8,23 / 9,6).

No queda a estos sacerdotes grandes y Fariseos similares y a sus sucesores de ayer y de hoy, que “colgarse como Judas”.

Completo el tema de las profecías de Isaías con este grito del corazón de este gran profeta aún incomprendido y desconocido, después de tantos siglos. Había hablado de este “Emmanuel” (Isaías 7) cuyo nombre, entre otras cosas, sería “Dios Fuerte” y “Siempre Padre” (Isaías 9,5). ¡? Quien puede llevar nombres similares, excepto Dios mismo!?

Este profeta noble, trabajado por el Espíritu Santo, dejó saltar de su corazón, como un grito conmovedor, esta palabra de fuego, un grito de ayuda, pidiendo a Dios mismo a venir a la tierra y encarnarse entonces: “¡Ah sí rompieses los cielos y descendieses… Para dar a conocer tú nombre a tus adversarios… Todos estábamos como impuros… ¿Es que ante esto te endurecerás, Yahveh, callarás y nos humillarás sin medida?” (Isaías 63, 19 / 64,11).

Nuestro Padre no “ha quedado indiferente a todo esto”, y respondió por Jesús:

“Porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado…” (Juan 6,38).

“Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del Cielo, el Hijo del hombre que es en el Cielo” (Juan 3,13).

“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”…que bajó del cielo por y en Jesús: “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Juan 14,9-10).

Es a través de Jesucristo, negado por los infieles y traicionado hoy por los seudo-cristianos, que Dios respondió al grito desgarrador de Isaías. Esta oración de Isaías continúa a ser concedida hoy y hasta el final de esta tierra por el pan que baja del cielo: “El pan de Dios es el que baja del Cielo y da la vida al mundo” (Juan 6, 33).

La oración de Isaías sigue siendo válida hoy en día. Hoy Todavía necesitamos que Dios “rasga el Cielo y que él desciende de nuevo” para iluminarnos. Lo ha hecho, siempre por Cristo, el 13 de mayo 1970 a través de abrir el Apocalipsis en Capítulo 13. Todavía lo hará, siempre por Cristo:

“El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta (apocalíptica) de Dios, bajará del cielo…” (1 Tesalonicenses 4,16).

“El Señor Jesús se revele desde el cielo con sus poderosos ángeles (enviados apocalípticos)…” (2 Tesalonicenses 1,7).

“Cristo se aparecerá por segunda vez (sin relación ya con el pecado) a los que le esperan para su salvación” (Hebreos 9,28 / 2 Timoteo 4,8).

Aquí Jesús está a la puerta…
La conclusión del grito desgarrador de Isaías, este grito que desgarró los cielos antes para hacer descender a Dios nuestro Padre, en Jesús, esta conclusión debe ser nuestro grito desgarrador al igual, urgente, y más urgente y más desgarrador: “¡Ah! ¡Ven Jesús!” No “Ven Jesús”, pero “¡AH! ¡Ven Jesús!”

Todo el matiz es en este “AH!” ardiendo. Este grito de un corazón ardiente amoroso e impaciente que sufre de deseo ardiente de recibirlo. No hay espacio para los tibios: “OH! ¡Sí! Ven Jesús” (Apocalipsis 22,20).

Isaías habría sido uno de nosotros hoy o nosotros de sus discípulos ayer. Expresó esta espera ardiente “AH! si… bajaba…! “Y decimos: “OH! Sí ven”.

“Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de Vida” ya en el Pan de Vida (Apocalipsis 22,17). Este pan nos prepara para encontrarse cara a cara con el Esposo de nuestras almas. Nuestros predecesores ya le gritaron: “Maran atha” (El Señor viene) (1 Corintios 16,22).

Jesús había dicho a los judíos que lo resistieron: “…Porque os digo que ya no me volveréis a ver hasta que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” (Mateo 23,39), porque esta gente lo rechazó y “no podía verle”. Porque cuando no amamos a alguien, decimos: “! No puedo verle!” Entonces, si amamos a Jesús, es que nosotros queremos y ya podemos verle… o entreverle esperando de verle totalmente. Le oramos urgentemente, juntos de rasgar el velo sobre nuestros ojos que nos impide de verlo. ¡Ah! Que le rasgue y viene. ¡Que Lo veamos! Porque “Él se manifestará a los que están esperando por el para darles la salvación” (Hebreos 9,28) y la paz del alma.

Esperamos con amor su aparición en nosotros (2 Timoteo 4,8) Pero No le hemos recibido sin darnos cuenta…
Siguiendo al tema sobre Isaías 63, este grito ardiente de Isaías diciendo: “¡Ah! Si rasgarías los cielos y descendía…” El único Dios Todopoderoso, lanza un grito ya más ardiente al hombre: “He escuchado la oración de Isaías! Estoy abajo! ¡Ah! ¡Ah! Si tu rasgarías tu oscuridad, hombre, y si tu montáis ver lo que debe a pasar y lo que ya pasa ante de tus ojos! Vírgenes tontas dormidas!” (Apocalipsis 4,1 / Mateo 25).

Demos gracias al Padre, a su Hijo Divino Salvador, a su Espíritu Consolador, a nuestra dulce Madre María, a José, a Michel, a todos nuestros hermanos y hermanas en el cielo que nos ayudan a subir. Subamos juntos cada día un poco más hasta el superior, para entender cada día un poco más para la gloria del cielo y nuestra salvación eterna.
Para saber si ya hemos respondido a la invitación divina para “montar” (Apocalipsis 4,1), hay un criterio que también revela el nivel de nuestra elevación. Son las lágrimas de María, nuestra Madre dulce, La Salette.

  • ¿Hemos entendido las razones de estas lágrimas amargas?
  • ¿Hemos entendido las MUCHAS razones de estas lágrimas?

Lo más entendemos las razones y el número de esas lágrimas amargas, y lo más nos solidarizamos con ella, los más estamos elevados. Y lo más estamos elevados lo más oramos con ella y con las almas del Apocalipsis 6,10.

Esto es el criterio y los niveles.